Cuando un ficus comienza a mostrar un amarillamiento en sus hojas, los expertos en plantas coinciden en que algo está sucediendo bajo tierra. Muchas veces, ese cambio de coloración es el primer aviso de que el contenedor se quedó chico y la planta necesita más espacio para crecer adecuadamente.
Este síntoma es como una llamada de alerta que emite la planta. Sin embargo, los jardineros aclaran que el amarillamiento puede obedecer a diferentes causas, no siempre relacionadas con el tamaño de la maceta. Por eso, hacer un análisis cuidadoso es la mejor estrategia antes de proceder a un trasplante.
Revisar las raíces es el paso inicial más importante. Para hacerlo, hay que extraer con cuidado el ficus de su maceta y observar cómo están las raíces. Si están apretadas, enrolladas y comprimidas contra las paredes del tiesto, o si prácticamente llenan todo el espacio disponible, entonces la maceta es efectivamente muy pequeña. En ese caso, trasplantar a un contenedor mayor es la solución. Pero si las raíces se ven sanas y aún hay tierra disponible, el inconveniente está en otro lado.
El riego es otro aspecto que debe examinarse. Un exceso de agua puede causar podredumbre en las raíces, lo que se refleja en el amarillamiento de las hojas. Del mismo modo, un ficus que no recibe suficiente agua también puede amarillear. Encontrar el punto de equilibrio en la frecuencia de riego es esencial.
La iluminación también incide en la salud visual del ficus. Si la planta está ubicada en un lugar con poca luz, puede comenzar a perder su color verde característico. Estas plantas necesitan una buena cantidad de luz para mantenerse saludables.
Los especialistas recomiendan hacer una inspección completa que contemple raíces, riego e iluminación. Solo después de descartar otros problemas y confirmar que realmente el espacio es insuficiente, corresponde cambiar la maceta. Este enfoque sistemático garantiza que la solución que se elija sea la correcta.
Imagen: Scott Webb / Pexels – Con informacion de Clarín






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